El agosto salvaje universal

Me besas, te beso,
centenares de miles de terminaciones nerviosas descorchan
un champán de los buenos, y, en el segundo siguiente,
se emborrachan de escalofríos hasta olvidar que una vez tuvieron una temperatura
superior a los treinta y siete grados de media.

Me besas, te beso, nos besamos. La memoria obvia de repente
la manera exacta de conjugar el resto de personas.
En la calle, a más de cincuenta grados y sin escalofríos,
vemos a través de la ventana cómo suda la Humanidad entera
en el agosto salvaje de la Península Ibérica.

Los gordos van cayendo primero, incapaces de encontrar una pareja de baile.
Las ancianas se abandonan a la muerte.
Los jóvenes guapísimos de esta generación descubren tarde
que han perdido la sensibilidad de sus pulgares y sus índices.
Maldita tecnología.
Pronto hay cadáveres por todos lados, pero ni una gota de sangre.
No es un diluvio esta vez, ni me llamó Noé ni tú
como quiera que se llamase su mujer.
Es una ola de calor y será el sudor el que ahogue a los pecadores.

Riendo, hacemos el amor y volvemos a hacer el amor y volvemos al amor. 

Rectifico:
también es un diluvio esta vez.
Y lo del pecado,
eso también habrá que cambiarlo.

Comentarios

Laura ha dicho que…
y ¡bum!
otra vez magia con tus palabras...
como cuando te dejabas caer por aquel periódico universitario...
cuando todavía "solo" a veces llevaba tilde...

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